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El tipo y la máquina - Wimpi (1953)

Antes el tipo escribía con una pluma de ganso, y era muy fácil que le saliera La Divina Comedia. Hoy escribe a máquina, y es muy difícil que no le salga una gansada.

Las cosas hechas a máquina son todas iguales: y el encanto que antes tuvieran consistía, precisamente, en la particularidad —defecto o virtud— que las diferenciaba.

Es un gran consuelo el de poder contemplar las cosas que todavía nacen, porque no hay ninguna, de entre ellas, que sea igual a otra. Una hoja de ombú es distinta de una hoja de encina, y nunca han existido ni un ombú ni una encina en los que hubiese dos hojas idénticas.

Pueden ser fácilmente individualizadas cada banana del mismo cacho y cada pollito de la misma nidada.

La primera fábrica de gallinas —o de bananas— que se instale, será un nuevo hito en el camino por el que se va al desencanto.

La máquina filtra la acción del tipo sobre el mundo. Apenas deja trascender un espectro de su cualidad. Como el prisma descuartiza la luz que lo atraviesa, la máquina descuartiza al tipo que la emplea. Y es más grave, por su proyección y en su significado, el sentido figurado que el sentido lato de ese descuartizamiento, porque cuando la máquina le agarra una mano, el tipo, por lo menos, cobra el seguro. Empero, es al sustituirlo en la faena, al afectar, descarnándola de poesía y ternura, la gracia de una creación, cómo la máquina mutila, realmente, la presencia del tipo en su obra. La máquina cuela al tipo. Suplantándolo en la aplicación de su aptitud, en la resolución de su inspiración, en el desarrollo de su pensamiento, en la maduración de su tentativa, deja apenas una borra de quien la maneja en lo que de ella sale.

El tipo no está dentro de nada de cuanto lo rodea. Tira, apenas, su pensamiento como una tangente contra el borde de las cosas, en vez de metérseles adentro y circularlas como una sangre. De esa manera, lejos de humanizar a las cosas, se va clasificando él cada día más.

No está en lo suyo, ni está en sí mismo.

Sabe mucho más de lo que es capaz de comprender, por lo cual, si bien se mira, constituye un caso especial de inflación; el tipo es una inflación unitaria y portátil. Le llama “solucionar” un problema a sustituirlo con otro. Lo único que pudo aprender hasta ahora fue a sacar un clavo con otro clavo más grande. Cada vez que quiso sacarlo con la tenaza, dejó un agujero.

Por falta de unidad espiritual carece de la aptitud necesaria para realizar sus vocaciones. Y vive un proyecto de sí mismo. Resuelve el resentimiento causado por la frustración en un desdén compensatorio —aparatoso, inexpugnable—, pese al cual necesita disfrazarse de espantapájaros para que no le coman los tomates.

Tiene miedo de dudar y tiene vergüenza de creer.

Sin embargo, en su distante alma hay un tesoro cuya posesión le haría burlarse de aquellos otros que todavía calientan su codicia y su impaciencia. Un tesoro al alcance de sus manos inutilizadas agarrando el aire, a través del camino en el que va quedando acuñada la débil huella irresoluta. En el que van cayendo quejas por no poder conseguir lo que falta o por no poder aprovechar lo que sobra. Mudo testigo —el camino sin indicadores— de un reconcentrado egoísmo —inútil, porque todo pasa— y de aquella vieja cobardía —también inútil, porque todo queda…


El Gusano Loco - Wimpi (Arthur García Núñez) - 1953 - Tercera Edición, Editorial Borocaba, Buenos Aires.